
20/03/2025
La aventura de los Balbuena en el Lejano Oeste (fragmento)
Autor: Roberto Santiago
Obra: La aventura de los Balbuena en el Lejano Oeste
Fondo musical:
Modelo de lectura
Me llamo Sebastián Balbuena, igual que mi padre y mi abuelo y mi bisabuelo.
Creo que mi tatarabuelo también se llamaba Sebastián Balbuena, pero no estoy seguro.
Todo el mundo me llama Sebas.
Tengo once años, y en este momento una docena de indios sioux me persiguen a caballo con la intención de arrancarme la cabellera.
Estoy subido en una bicicleta roja.
Huyendo.
Pedaleando con todas mis fuerzas.
No es una bicicleta cualquiera.
Es la Kawasaki 3W2, con sistema de transmisión hidráulico de última generación, ocho marchas, sillín aerodinámico, llantas de aleación de acero y cambio de marchas alemán.
Me ajusto las gafas y muevo mis piernas todo lo deprisa que puedo.
Los sioux están cada vez más cerca.
Escucho sus gritos de guerra. El galope de sus caballos.
Sin dejar de pedalear, giro la cabeza.
A mi lado está mi vecina María, subida en una bicicleta exactamente igual que la mía.
Ella se pone en pie sobre la bici y también pedalea con todas sus fuerzas.
María tiene once años, igual que yo.
Es muy morena y muy rápida, juega muy bien a la Play y cada vez que sonríe le salen unos hoyuelos muy graciosos a ambos lados de la boca.
Yo creo que es la más simpática y la más rápida y la más guapa de mi bloque y de mi colegio.
Seguramente, mi hermana Susana no estaría de acuerdo.
Mi hermana está convencida de que ella es la más guapa y la más simpática y la más todo.
Aunque ahora ya da igual. Si los sioux nos alcanzan, se acabó todo.
María cruza una mirada conmigo.
Creo que los dos pensamos lo mismo.
Por mucho que tengamos bajo nuestros pies las nuevas y relucientes Kawasaki 3W2...
¡No tenemos escapatoria!
Estamos en un paraje impresionante: el Valle de los Profetas.
Un lugar sagrado, por lo visto.
Una llanura kilométrica rodeada de colinas y montañas, en la que solo hay tierra y cactus.
Los sioux nos pisan los talones.
En ese preciso instante, una flecha afilada pasa rozándome.
No me ha dado por muy poco.
Estos indios no se andan con tonterías.
Da igual que seamos niños.
Da igual que no nos conozcan de nada.
Creen que somos sus enemigos, y solo tienen una idea en la cabeza: acabar con nosotros y cortarnos la cabellera.
María y yo seguimos pedaleando sin parar.
Cada vez más y más flechas pasan cerca de nosotros.
Una flecha con una pluma de color verde se clava directamente en el guardabarros trasero de mi bicicleta.
Es cuestión de segundos que se nos echen encima.
Que nos atrapen.
Y que acaben con nosotros.
Prometo que no hemos hecho nada malo.
Pero el caso es que los sioux creen que sí.
Están convencidos de que hemos profanado las tumbas de sus antepasados.
Sus gritos cada vez están más cerca.
Es imposible que dos niños en bicicleta puedan escapar de un puñado de pieles rojas galopando sobre sus caballos.
No hay nada que hacer.
Me preparo para lo peor.
Están a punto de atraparnos.
De atravesarnos con una flecha.
O de clavarnos una de sus mortíferas hachas.
Van a caer sobre nosotros.
Ya.