Narrador y perspectiva. Estilos directo e indirecto. Metáforas, comparaciones, expresiones coloquiales. Carácter y sentimientos.
La Regenta (fragmento III)
Autor: Leopoldo Alas | Tipo de texto: Narrativo | Etapa: Primaria | Lecturas: 2810
Compartido por: @musita2 el 2011-11-05
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Visitación encogía los hombros. No se explicaba aquello. ¡Qué mujer era Ana! Ella estaba segura de que Álvaro le parecía retebién; Álvaro seguía su persecución con gran maña, lo había notado, ella le ayudaba, también sin querer..., y nada. Mesía, preocupado, triste, bilioso, daba a entender, a su pesar, que no adelantaba un paso. ¿Andaría el Magistral en el ajo? Visita se impuso la obligación de espiar la capilla del Magistral; se enteró bien de las tardes que se sentaba en el confesionario, y se daba una vuelta por allí mirando por entre las rejas con disimulo, para ver si estaba la otra. Después averiguó que la habían visto confesando por la mañana a las siete. «¡Hola!, allí había gato.» [...] Ella, Visita, no quería renunciar al placer de ver a su amiga caer donde ella había caído; por lo menos verla padecer en la tentación. Nunca se le había ocurrido que aquel espectáculo era fuente de placeres secretos intensos, vivos como pasión fuerte, pero ya que los había descubierto, quería gozar aquellos sabores picantes de la nueva golosina. Cuando observaba a Mesía en acecho, cazando, o preparando las redes por lo menos, en el coto de Quintanar, Visitación sentía la garganta apretada, la boca seca, candelillas en los ojos, fuego en las mejillas, asperezas en los labios. «ÿl dirá lo que quiera, pero está chiflado», pensaba con un secreto dolor que tenía en el fondo una voluptuosidad como la que produce una esencia muy fuerte; aquellos pinchazos que sentía en el orgullo, y en algo más guardado, más de las entrañas, los necesitaba ya como el vicioso el vicio que le mata, que le lastima al gozarlo; era el único placer intenso que Visitación se permitía en aquella vida tan gastada, tan vulgar, de emociones repetidas. El dulce no la empalagaba, pero ya le sabía poco a dulce; aquella nueva pasioncilla era cosa más vehemente. Quería ver a la Regenta, a la impecable, en brazos de don Álvaro; y también le gustaba ver a don Álvaro humillado ahora, por más que deseara su victoria, no por él, sino por la caída de la otra.



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