Superhéroes en apuros
Obra: Cuentos por palabras | Autor: Agustín Fernández Paz | Tipo de texto: Narrativo | Etapa: Primaria | Lecturas: 1645
Compartido por: @sabad el 2013-11-14
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Lo que está claro es que en la vida hay que tomar decisiones arriesgadas; de lo contrario, no se va a ninguna parte. Creo que yo soy un buen ejemplo de esa teoría. Porque si hace unos meses no llego a tomar aquella decisión, ahora aún seguiría siendo un pequeño empresario, con cuatro empleados mal pagados, dedicados a la limpieza de los cristales de los edificios.

Es cierto que esto último es lo que sigo siendo, el dueño de una empresa de limpieza. Pero hay que añadir que ahora es la más poderosa de la ciudad. La que limpia los ventanales más altos. La que se atreve con los más arriesgados encargos. La que cuenta con ochenta empleados en plantilla. Aunque lo mejor sería decir que cuento con setenta y nueve más uno.

Porque sé muy bien que si no fuese por mi empleado-estrella, las cosas serían muy diferentes. Me acuerdo perfectamente del día en que llegó a mi despacho.

Era un viernes por la mañana. Había pedido por teléfono una entrevista respondiendo a un anuncio por palabras que yo había puesto en los periódicos. Estaba tomando un café con leche bien calentito, cuando alguien llamó a la puerta y, sin apenas darme cuenta, encontré delante de mí a aquel hombre, vestido con un extraño traje rojo y azul que se le pegaba al cuerpo y lo cubría de pies a cabeza.

Muy pronto lo identifiqué, que para algo me tenían que valer todas aquellas horas que había perdido años atrás, cuando, en vez de estudiar, andaba embebido en la lectura de aquellos cómics de superhéroes que me consumían no solo el tiempo, sino también el poco dinero que me mandaban mis padres. Por fin conseguí decir unas palabras:

—Pe… pero usted viene disfrazado de…

—No vengo disfrazado de nada, si me permite corregirle. Este es el traje que utilizo habitualmente.

—Pero, entonces, usted es… ¡Usted es Spiderman, el Hombre-Araña! ¿O todo esto es una broma?

No me respondió. Pero enseguida se puso a trepar por una de las paredes de la oficina hasta que llegó al techo. Una vez en él, se desplazó hasta la esquina más alejada de donde yo estaba y, mirándome fijamente, preguntó:

—¿Aún sigue creyendo que soy un impostor o un bromista?

Yo no daba crédito a lo que veían mis ojos.

—¡Así que es de verdad Spiderman! ¡Pero yo pensaba que solo existía en los cómics!

—Celebro que me reconozca —dijo al tiempo que daba un salto y se colocaba delante de mí—. ¿Acaso ha leído alguna de mis aventuras?

—¡Cómo no iba a leerlas! ¡Usted fue, hasta hace unos años, uno de mis superhéroes preferidos! ¡Batman y usted! ¡Aquellas aventuras contra el doctor Octopus, contra la Mujer-Lagarto! Pero pensaba que todo eso era inventado, que Spiderman no era más que un héroe de papel.

—Héroe de papel también, que hubo quienes hicieron mucho dinero dibujando mis andanzas. Pero poco provecho saqué de todo eso. No fue muy buena esa época mía.

—No es preciso que me lo diga —contesté—, porque cuando yo leía cómics, era usted el superhéroe que más pena me daba. Porque los demás siempre andaban con paso fuerte. Mire usted a Superman, que tenía todo lo que quería: un buen empleo, un castillo en el Polo Norte, con todas las chicas detrás de él… Y qué decir de Batman, aquel millonario chiflado sin otra cosa que hacer.

—Les iba muy bien y sigue yéndoles bien ahora, porque algunos tienen la suerte de cara. En mi caso siempre fue diferente.

—¡Ya lo era antes! —dije yo, recordando aquellos años en que no leía más que cosas que tuviesen que ver con los cómics—. ¡Spiderman, el superhéroe que no tenía más que problemas! ¡El que tenía que cuidar a la tía May, siempre enferma! ¡El que nunca conseguía ligar con chica alguna! ¡El que tenía que lavar el traje en el lavabo del cuarto de baño! ¡Y después, encima, aguantar a aquel J.J. Jameson, el del periódico, un tipo asqueroso del todo!

—Había que vivir, y yo nunca fui lo bastante bueno para encontrar un empleo adecuado —dijo Spiderman, con un tono de tristeza—. Después la tía May murió y empezaron a venir nuevos superhéroes, un montón de ellos, que no hay más que ver cómo están ahora los quioscos. Así que pensé que era tiempo de sentar la cabeza y buscar un buen trabajo. Y este de limpiacristales que usted ofrece me parece que es el que mejor le va a mis cualidades. ¿No está de acuerdo conmigo?

¡Cómo no iba a estar de acuerdo! ¡Allí delante tenía la oportunidad de mi vida! ¡Ahora sí que podría aceptar cualquier trabajo, sin miedo de no poder cumplir el encargo!

Muy pronto llegamos a un acuerdo. Además de un buen sueldo, le ofrecí un porcentaje de los beneficios. En los siguientes días hice una buena campaña publicitaria en los periódicos, y al poco tiempo los encargos empezaron a llegar como moscas a la miel. ¡Todo un exitazo! Hasta la televisión le dedicó un reportaje a mi empleado-estrella, «Spiderman, el héroe reconvertido», que fue más propaganda añadida.

Ahora da gloria verlo allá arriba, en una cristalera, limpiando las cosas en un abrir y cerrar de ojos. Lo que más le molesta es seguir con el traje rojo y azul que lo hizo popular en otro tiempo. Pero no puede dejarlo. ¿Cómo va a quitarse ahora el traje? Un día de estos tengo que contarle una idea a la que vengo dándole vueltas: que todos los empleados de la compañía utilicen un uniforme semejante. Hasta estoy dispuesto a cambiarle el nombre a la empresa. Bien mirado, «Regueiro & Spiderman» tampoco suena tan mal.

¡Lástima de no poder echarle también el lazo a Superman, entonces sí que no habría cristal que se resistiera!



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