Pipi Calzaslargas (fragmento)
Obra: Pipi Calzaslargas | Autor: Astrid Lindgren | Tipo de texto: Narrativo | Etapa: Primaria | Lecturas: 900
Compartido por: @sabad el 2022-10-08
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En los confines de una pequeña ciudad sueca había un viejo jardín abandonado. En el jardín había una vieja casa, y allí vivía Pippi Calzaslargas. Tenía nueve años y vivía completamente sola. No tenía padre ni madre, lo cual era una ventaja, pues así nadie la mandaba a la cama precisamente cuando más estaba divirtiéndose, ni la obligaba a tomar aceite de hígado de bacalao cuando le apetecían caramelos de menta.

Hubo un tiempo en que Pippi tenía un padre al que quería mucho. Naturalmente, también había tenido una madre, pero de esto hacía tanto tiempo que ya no se acordaba.

La madre murió cuando Pippi era aún una niñita que se pasaba el día acostada en la cuna y lloraba de tal modo que nadie podía acercarse a ella. Pippi creía que su madre vivía ahora allá arriba en el cielo, y que miraba hacia abajo por un agujero para ver a su hija. Pippi solía saludar con la mano a su madre y decirle:

—No te preocupes por mí, que yo sé cuidarme sólita.

Pippi no había olvidado a su padre. Este había sido capitán de barco y había recorrido todos los mares. Pippi había navegado con su padre hasta el día en que él se cayó al agua durante una tempestad y desapareció. Pero Pippi estaba completamente segura de que un día volvería, pues no podía creer que se hubiera ahogado. Estaba convencida de que había empezado a nadar y que había conseguido llegar a una isla llena de caníbales, que estos le habían nombrado rey y que se pasaba el día con una corona de oro en la cabeza.

—Mi madre es un ángel y mi padre el rey de los caníbales. Pocos niños tienen padres así —solía decir Pippi con orgullo—. Y cuando mi padre pueda construirse un barco, vendrá por mí, y entonces yo seré la princesa de los caníbales. ¡Qué bien voy a pasarlo!

Hacía muchos años que su padre había comprado la vieja casa del jardín, con la intención de vivir en ella con Pippi cuando fuera viejo y ya no pudiese navegar. Pero tuvo la desgracia de caerse al mar. Y entonces Pippi, que esperaba su regreso, se fue sin pérdida de tiempo a Villa Mangaporhombro, nombre de la casita de campo que, por cierto, estaba arreglada y limpia como si la esperase.

Una hermosa tarde de verano, Pippi se despidió de todos los marineros del barco de su padre. Los marineros adoraban a Pippi, y Pippi quería mucho a los marineros.

—¡Adiós, amigos! —dijo Pippi mientras los iba besando en la frente por riguroso turno—. No os preocupéis por mí, que yo sé cuidarme sólita.

Recogió dos cosas del barco: un monito llamado Señor Nelson, que le había regalado su padre, y una maleta llena de monedas de oro. Los marineros permanecieron de pie junto a la borda, mirando a Pippi hasta que la perdieron de vista. La niña siguió andando sin mirar atrás ni una sola vez, con el Señor Nelson sentado en el hombro y la maleta en la mano.

—¡Qué niña tan extraordinaria! —dijo uno de los marineros, enjugándose una lágrima, cuando Pippi desapareció de su vista.

El marinero tenía razón: Pippi era una niña extraordinaria. Y lo más extraordinario de ella era su fuerza. Era tan fuerte que no había en el mundo ningún policía que fuera tan fuerte como ella. Si quería, podía levantar un caballo. Y quería levantarlo.

Pippi se compró un caballo para ella sola con una de sus monedas de oro, el mismo día de su llegada a Villa Mangaporhombro. Siempre había soñado con tener un caballo de su propiedad, y ya lo tenía. Vivía en el porche, pero cuando a Pippi se le antojaba tomar el té allí, lo levantaba en vilo y lo sacaba al jardín.

Junto a la casa de Pippi había otro jardín y otra casa. Allí vivían un padre, una madre y dos hijos muy guapos, un niño y una niña. El niño se llamaba Tommy y la niña Annika. Además de guapos, eran buenos, educados y obedientes.

Tommy no se mordía nunca las uñas y siempre hacía lo que su madre le ordenaba. Annika no se enfadaba cuando no podía salirse con la suya, y llevaba siempre vestidos de algodón muy bien planchados que trataba de no ensuciar.

Tommy y Annika lo pasaban muy bien jugando juntos en el jardín, pero más de una vez habían deseado tener un compañero de juegos, y en la época en que Pippi navegaba con su padre, se asomaban a veces a la valla del jardín y se decían el uno al otro:

—¡Lástima que nadie se mude a esta casa! ¡Ojalá vivieran unos padres que tuviesen niños!

Aquella hermosa tarde de verano en que Pippi cruzó por primera vez el umbral de Villa Mangaporhombro, Tommy y Annika no estaban en casa. Se habían ido a pasar una semana con su abuela. Por eso no se enteraron de que alguien se había instalado en la casa vecina, y el día después de su regreso, se pararon en la puerta del jardín, mirando a la calle, sin saber todavía que tenían muy cerca una compañera de juegos.

Precisamente en el momento en que se preguntaban qué podrían hacer, y si les sucedería algo interesante aquel día o, por el contrario, sería uno de esos días aburridos en que uno no sabe qué hacer, precisamente en ese instante, se abrió la puerta de Villa Mangaporhombro y apareció una niña, la más extraña que Annika y Tommy habían visto en la vida. Era Pippi Calzaslargas, que se disponía a dar su paseo matinal.



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