< El monte de las nimas (fragmento) >

Leído por S.B.R. de 6C el 2021-11-03

Texto

Obra: Rimas y leyendas
Autor: Gustavo Adolfo Bcquer

Música

Obra: Efectos de sonido
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Intérprete:

Haba pasado una hora, dos, tres; la media noche estaba a punto de sonar, y Beatriz se retir a su oratorio. Alonso no volva, no volva, cuando en menos de una hora pudiera haberlo hecho.

-Habr tenido miedo! -exclam la joven cerrando su libro de oraciones y encaminndose a su lecho, despus de haber intentado intilmente murmurar algunos de los rezos que la iglesia consagra en el da de difuntos a los que ya no existen.

Despus de haber apagado la lmpara y cruzado las dobles cortinas de seda, se durmi; se durmi con un sueo inquieto, ligero, nervioso.

Las doce sonaron en el reloj del Postigo. Beatriz oy entre sueos las vibraciones de la campana, lentas, sordas; tristsimas, y entreabri los ojos. Crea haber odo a par de ellas pronunciar su nombre; pero lejos, muy lejos, y por una voz ahogada y doliente. El viento gema en los vidrios de la ventana.

-Ser el viento -dijo; y ponindose la mano sobre el corazn, procur tranquilizarse. Pero su corazn lata cada vez con ms violencia. Las puertas de alerce del oratorio tienen crujido sobre sus goznes, con un chirrido agudo prolongado y estridente.

Primero unas y luego las otras ms cercanas, todas las puertas que daban paso a su habitacin iban sonando por su orden, ellos con un ruido sordo y grave, aqullas con un lamento largo y crispador. Despus silencio, un silencio lleno de rumores extraos, el silencio de la media noche, con un murmullo montono de agua distante; lejanos ladridos de perros, voces confusas, palabras ininteligibles; ecos de pasos que van y vienen, crujir de ropas que se arrastran, suspiros que se ahogan, respiraciones fatigosas que casi se sienten, estremecimientos involuntarios que anuncian la presencia de algo que no se ve y cuya aproximacin se nota no obstante en la oscuridad.

Beatriz, inmvil, temblorosa, adelant la cabeza fuera de las cortinillas y escuch un momento. Oa mil ruidos diversos; se pasaba la mano por la frente, tornaba a escuchar: nada, silencio.

Vea, con esa fosforescencia de la pupila en las crisis nerviosas, como bultos que se movan en todas direcciones; y cuando dilatndolas las fijaba en un punto, nada, oscuridad, las sombras impenetrables.

-Bah! -exclam, volviendo a recostar su hermosa cabeza sobre la almohada de raso azul del lecho-; soy yo tan miedosa como esas pobres gentes, cuyo corazn palpita de terror bajo una armadura, al or una conseja de aparecidos?

Y cerrando los ojos intent dormir...; pero en vano haba hecho un esfuerzo sobre s misma. Pronto volvi a incorporarse ms plida, ms inquieta, ms aterrada. Ya no era una ilusin: las colgaduras de brocado de la puerta principal rozado al separarse, y unas pisadas lentas sonaban sobre la alfombra; el rumor de aquellas pisadas era sordo, casi imperceptible, pero continuado, ya su comps se oa crujir una cosa como madera o hueso. Y se acercaban, se acercaban, y se movi el reclinatorio que estaba a la orilla de su lecho. Beatriz lanz un grito agudo, y arrebujndose en la ropa que la cubra, escondi la cabeza y contuvo el aliento.

El aire azotaba los vidrios del balcn; el agua de la fuente lejana caa y caa con un rumor eterno y montono; los ladridos de los perros se dilataban en las rfagas del aire, y las campanas de la ciudad de Soria, unas cerca, otras distantes, doblan tristemente por las nimas de los difuntos.

As pas una hora, dos, la noche, un siglo, porque la noche esa pareci eterna a Beatriz. Al fin despunt la aurora: vuelta de su temor, entreabri los ojos a los primeros rayos de la luz. Despus de una noche de insomnio y de terrores, es tan hermosa la luz clara y blanca del da! Separ las cortinas de seda del lecho, y ya se dispona a rerse de sus temores pasados, cuando de repente un sudor fro cubri su cuerpo, sus ojos se desencajaron y una palidez mortal descolor sus mejillas: sobre el reclinatorio haba visto sangrienta y desgarrada la banda azul que perdiera en el monte, la banda azul que fue a buscar Alonso.

Cuando sus servidores llegaron despavoridos a noticiarle la muerte del primognito de Alcudiel, que a la maana haba aparecido devorado por los lobos entre las malezas del Monte de las nimas, la inmvil, crispada, asida con ambas manos a una de las columnas de bano del lecho, desencajados los ojos, entreabierta la boca; blancos los labios, rgidos los miembros, muerta; Muerta de horror!