El coche
Obra: Cuando el mundo era joven todavía | Autor: Jürg Schubiger | Tipo de texto: Narrativo | Etapa: Primaria | Lecturas: 1237
Compartido por: @sabad el 2020-09-23
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Una familia tenía un coche que vivía con ellos. La familia se componía de una madre, un padre, una niña y un niño; el coche era de metal blanco y tenía cuatro plazas. Cuando no estaba en marcha, aparcaba en el dormitorio junto a la cama de los padres.

Era muy animoso. Si lo dejaban solo más de dos horas, se sentía triste y empezaba a pitar. Entonces tenían que sentarse en los asientos de dentro y contar cuentos en los que aparecieran automóviles blancos, motos blancas, bicicletas blancas, trenes blancos. No aparecían barcos, porque al coche no le gustaban los barcos. Eso se le había metido en la cabeza, en su cabeza de metal. Nada más oír la palabra barco, se le ponía en marcha el limpiaparabrisas. Eso significaba: «Me vais a matar», y casi no había manera de arreglarlo. Trataban de consolarlo y se desesperaban porque veían que los consuelos no servían para nada y porque la desesperación no hacía más que agravarlo todo. Hasta que por fin el limpiaparabrisas empezaba a moverse cada vez más despacio y el coche ponía en marcha el intermitente. El intermitente significaba: «Todo va bien». Pero también significaba: «Preparado para un viaje hacia el campo verde o hacia el cielo azul». Significaba: «Todos adentro en seguida y ¡en marcha!, fuera de la ciudad, o al mar, o a la montaña, o al cine, o al cementerio, o a la gasolinera más cercana». El destino no se conocía hasta llegar a él.

Así pues, cada viaje era una sorpresa. A veces no querían llevarse ninguna sorpresa, sino, por ejemplo, ir al dentista. Entonces iban en bici o en autobús. Y a veces hubieran preferido sencillamente quedarse en casa. A la niña solía ocurrirle eso.

—¡Estoy harta! —dijo la niña una mañana, cuando el coche volvió a encender el intermitente—. ¡Estoy harta de este coche! Quiero volver a tener un gato.

Aquello fue un shock. El limpiaparabrisas del coche empezó a volverse loco. Nadie sabía lo que ocurría dentro de la cabeza metálica del coche. El limpiaparabrisas se paró. La familia permaneció inmóvil, como una foto. El motor gimió. El coche no pitaba, no ponía en marcha el intermitente, no movía el limpiaparabrisas: se marchó blanco, pequeño y con sus cuatro plazas. Y la madre, el padre, la niña y el niño, cuyos corazones latían enérgicamente, lo siguieron con la mirada. Luego lloraron y rieron, y, para variar, rieron y lloraron.

Desde aquel día la vida de la familia mejoró. Ahora los niños van al colegio todos los días; la madre y el padre van al trabajo, y el gato, un animal blanco, blanco, está en la cama grande de la habitación de los padres. Es tan caprichoso como el coche, pero se adapta mucho mejor la vida familiar.



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