El halcón que no volaba
Obra: Cuentos para entender el mundo II | Autor: Eloy Moreno | Tipo de texto: Narrativo | Etapa: Primaria | Lecturas: 644
Compartido por: @sabad el 2024-01-11
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El rey de un lejano país compró cinco de los mejores halcones de toda la región. El vendedor le prometió que eran únicos, capaces de hacer increíbles piruetas en el aire e incluso llevar mensajes de una ciudad a otra.

Desde el primer día, se demostró que el vendedor no había engañado al rey. Las aves dieron muestras de su capacidad de vuelo; cada vez volaban más alto, más rápido y de forma más precisa. Iban y venían entre las ciudades del reino llevando mensajes a toda velocidad. Hacían caso en todo momento a las instrucciones de sus entrenadores. Pero había una excepción: uno de los halcones se negaba a volar. Permanecía quieto en la misma rama desde el primer día y no había forma de moverlo.

—¡No lo entiendo! —se lamentaba el rey—, le damos la misma comida que a los demás, le damos el mismo trato, los mismos cuidados… y en cambio se niega a volar. ¡Ya no sé qué hacer!

Transcurridas varias semanas desde la llegada de los halcones y siendo incapaces los entrenadores y el propio monarca de hacer volar al halcón inmóvil, el rey anunció que ofrecía una recompensa a quien consiguiera que el animal se elevara en el aire.

Prácticamente todos los habitantes del reino lo intentaron de una forma u otra. Unos lo animaron con las mejores canciones; otros le recitaron poesía o le ofrecieron los más exquisitos manjares, le tiraron piedras, lo amenazaron, le rogaron… pero todo fue en vano, nada parecía funcionar. El halcón seguía en su rama.

Uno de esos días en los que el rey permanecía junto al halcón animándolo para que volara, una anciana pasó por allí y, al ver la situación, negó con la cabeza.

—Majestad, ha llegado a mis oídos el problema que tenéis con este halcón, pero con nada de lo que estáis haciendo lograréis que el animal vuele.

El rey se mostró curioso ante aquella mujer.

—¿Y qué debería hacer entonces?

—Quizá no hayáis comprendido, pero lo que le sucede a ese halcón es lo que le ocurre a la mayoría de las personas —contestó la anciana.

—¿A la mayoría de las personas? No entiendo lo que queréis decir —respondió confuso el rey—. Pero si tanto sabe usted, ¿dígame cómo conseguir que vuele?

—Está bien, primero tengo que hacer unas compras en el mercado, pero a la vuelta ese halcón volará.

Y mientras la anciana se alejaba hacia el mercado, el rey se quedó pensando que quizás aquella mujer simplemente le estaba tomando el pelo. Pero a las dos horas, cuando el rey estaba contemplando desde su torre el vuelo de las otras aves, observó incrédulo que el halcón que nunca se había movido estaba también en el aire. Miró hacia abajo, hacia el árbol donde el animal había permanecido tanto tiempo y vio a la anciana sonriendo. Bajó corriendo las escaleras para encontrarse con ella.

—¡Lo ha conseguido, lo ha conseguido! —gritó— ¡Lo ha conseguido! Pero, dígame, ¿cómo lo ha hecho?

—En realidad no ha sido difícil, simplemente le he cortado la rama que lo sostenía y al darse cuenta de que tenía alas ha echado a volar.



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